Hay una pregunta que parece sencilla, pero incomoda cuando uno se queda pensando en ella:
¿Qué pesa más en la vida real: lo que eres o lo que los demás creen que eres?
Nos gusta pensar que lo único importante es quiénes somos por dentro. Nuestras intenciones, nuestros valores, lo que sabemos de nosotros mismos.
Pero vivimos rodeados de personas que no pueden entrar a nuestra cabeza.
Los demás nos conocen por lo que ven.
Por lo que hacemos.
Por lo que decimos.
Por cómo reaccionamos.
Por lo que mostramos.
Y también por aquello que decidimos esconder.
Entonces aparece una realidad incómoda: somos quienes somos, pero también convivimos con la percepción que los demás construyen de nosotros.
No todo lo que muestras es mentira
A veces hablamos de las apariencias como si fueran necesariamente falsas.
Pero todos elegimos qué parte de nosotros mostrar.
No hablamos igual con nuestra madre que con nuestro jefe. No contamos nuestras inseguridades a cualquier persona. Podemos estar atravesando un momento difícil y aun así arreglarnos, salir, trabajar y sonreír.
Eso no necesariamente significa fingir.
Significa que somos mucho más complejos que la pequeña parte que los demás alcanzan a ver.
El problema comienza cuando dejamos de elegir qué mostrar y empezamos a vivir para sostener lo que queremos que otros crean de nosotros.
Ahí cambia todo.
Cuando demostrar se convierte en una necesidad
Hay personas que necesitan demostrar que tienen dinero.
Otras necesitan demostrar que son felices.
Algunas necesitan demostrar que su relación es perfecta, que son fuertes, exitosas, deseadas, buenas madres, independientes, inteligentes o que absolutamente nada les afecta.
Y cuanto más necesitamos convencer a los demás de algo, vale la pena preguntarnos:
¿A quién estamos intentando convencer realmente?
Porque hay una diferencia enorme entre disfrutar algo y necesitar exhibirlo para sentir que tiene valor.
Entre ser feliz y necesitar parecer feliz.
Entre tener seguridad y necesitar demostrar constantemente que nadie puede herirte.
Entre haber conseguido algo y necesitar que todos sepan que lo conseguiste.
También podemos quedar atrapados en una versión antigua de nosotros
Existe otra parte de este tema de la que hablamos menos.
Los demás pueden construir una imagen de nosotros y quedarse viviendo allí incluso cuando nosotros ya cambiamos.
Quizás alguien te conoció cuando eras insegura y continúa tratándote como aquella persona.
Tal vez cometiste errores hace años y para alguien sigues siendo exactamente quien los cometió.
O quizá durante mucho tiempo permitiste cosas que hoy ya no aceptarías.
Entonces ocurre algo extraño:
tú cambiaste, pero la percepción de algunas personas sobre ti no cambió contigo.
Y no siempre podrás corregirla.
Puedes explicar. Puedes mostrar con tus actos quién eres ahora. Puedes asumir tus errores cuando corresponda.
Pero no puedes entrar en la cabeza de cada persona y reorganizar la versión que guarda de ti.
La percepción importa, pero no puede gobernarte
Sería ingenuo decir que no importa lo que los demás piensen.
Importa en una entrevista de trabajo.
Importa en una relación.
Importa cuando construyes confianza.
Importa profesionalmente.
Importa cuando tus acciones afectan a otras personas.
Nuestra reputación tiene consecuencias reales.
Pero una cosa es comprender que nuestras acciones generan una percepción y otra completamente distinta es organizar nuestra vida alrededor de controlar esa percepción.
Porque esa batalla nunca termina.
Siempre habrá alguien que interprete mal algo.
Alguien que conozca solo una parte de la historia.
Alguien a quien no le gustes.
Y también alguien que te admire por una versión de ti que ni siquiera existe completamente.
Quizás la verdadera libertad está en otro lugar
No en conseguir que todo el mundo piense bien de ti.
Tampoco en repetir que no te importa absolutamente nada lo que piensen los demás.
Quizás está en lograr que exista cada vez menos distancia entre quién eres, cómo vives y lo que muestras.
No necesitas contarle todo a todo el mundo.
No necesitas demostrar cada logro.
No necesitas esconder cada fracaso.
Y tampoco necesitas defender constantemente quién eres.
Porque llega un momento en el que vivir coherentemente empieza a hacer menos necesaria la explicación.
Al final, los demás siempre tendrán una versión de nosotros.
Pero nosotros somos quienes tenemos que vivir con la verdadera.
Y ahora te dejo la pregunta a ti:

