Bienestar

  • No sé quién inventó la vida exitosa, pero todos parecemos estar intentando entrar.

    No sé quién inventó la vida exitosa, pero todos parecemos estar intentando entrar.

    No sé en qué momento alguien decidió cómo debía verse una vida exitosa. Tampoco recuerdo que nos hayan preguntado, pero aparentemente el comunicado llegó a todas partes: hay que tener un buen trabajoy obviamente ganar bien, vivir bonito y sonreír en cada foto, viajar, cuidar el cuerpo, tener una relación estable y mostrar alguna evidencia de que uno “va progresando”.

    Y hay edades. Eso es importantísimo.

    A los veintitantos todavía estás empezando. A los treinta ya deberías ir mostrando resultados. A los cuarenta, si faltan demasiadas casillas, algunas personas empiezan a mirarte con esa preocupación que nadie les pidió.

    —¿Y tú qué estás haciendo ahora?

    Pregunta sencilla. Hasta que uno siente que tiene que presentar el informe anual de su cumpleaños.

    Lo más divertido es que casi todos juramos no creer en esas cosas. “Cada quien lleva su proceso”, decimos muy evolucionados y maduros. Y cinco minutos después nos enteramos de que alguien de 42 años sigue soltero o viviendo con su mamá y las cuencas de los ojos parecen no ser lo suficientemente grandes al expresar un:

    —¿Todavía?

    Somos víctimas y empleados del mismo departamento de auditores de vidas.

    Nos molesta muchísimo que nos comparen, pero sabemos quién de nuestros conocidos compró casa, quién cambió de carro, quién “se quedó”, quién hizo dinero, quién se casó bien, quién se divorció, quién tiene un buen puesto y quién, después de todo lo que estudió, “terminó trabajando en eso”.

    No hay una competencia, por supuesto…Solo llevamos el marcador.

    Y creo que el asunto va bastante más allá del dinero. Queremos pertenecer al grupo de personas a las que, según los demás, les fue bien.

    Por eso algunas cosas dejaron de ser solamente cosas. El carro también puede decir algo sobre nosotros. La casa. La ropa. El teléfono. El barrio. Los lugares que frecuentamos. Hasta las vacaciones pueden convertirse en una especie de certificado público de bienestar personal (guiño).

    Y antes de que esto parezca un discurso contra el dinero: no,no lo es.

    A mí nunca me ha convencido esa idea de que despreciar las cosas materiales te vuelve automáticamente una persona profunda. El dinero resuelve problemas bastante poco espirituales como la renta, la comida y las facturas. Tener una mansión debe ser delicioso. Viajar también. Y si quieres ganar muchísimo dinero, adelante.

    La pobreza no hace profunda a una persona, de la misma manera que el dinero no la hace superficial.

    Lo que me causa curiosidad es otra cosa: cuándo dejamos de querer algunas cosas por lo que nos ofrecen y empezamos a necesitarlas por lo que dicen de nosotros.

    A veces hago mentalmente un experimento un poco cruel.

    Pienso en una persona que parece muy exitosa. Le quito por un momento el carro, la casa, la ropa, el teléfono, el cargo, los títulos, el dinero, los viajes, los contactos. No porque no los merezca. Solo para hacer silencio a su alrededor.

    La dejo en una habitación vacía.

    Y pregunto:

    ¿Quién es?

    Es facilísimo hacer este ejercicio con alguien que nos cae mal. De inmediato pensamos: “¡Exactamente! Sin todo eso, a ver quién es”.

    Pero ahí está la trampa.

    No estoy hablando de esa persona.

    Estoy hablando de mí.

    Y de ti.

    Porque nosotros también entramos al cuarto.

    Y entonces la cosa deja de ser tan divertida.

    Además, ni siquiera hace falta tener un carrazo para construir una identidad alrededor de algo externo. Uno puede ser el profesional, el inteligente, la bonita, la mamá ejemplar, el empresario, la que siempre puede sola, el que salió adelante, la fuerte de la familia.

    Hasta podemos terminar presentándonos ante la vida a través de nuestras heridas: lo que nos hicieron, lo que sobrevivimos, aquello que tuvimos que superar y coronarnos como sobrevivientes con capa y aureola.

    Todos cargamos alguna etiqueta que nos ayuda a explicar quiénes somos.

    Por eso quizá la pregunta del cuarto no es tan fácil.

    Si te quito aquello que conseguiste, pero también aquello por lo que te reconocen; si nadie sabe tu profesión, cuánto ganas, quién es tu pareja, de qué familia vienes, qué superaste ni qué puedes mostrar…

    ¿sabes quién eres?

    No tengo una respuesta bonita para esto. Y tampoco quiero terminar diciendo que “lo verdaderamente importante está en el interior”, porque hasta una taza de desayuno podría traer esa frase impresa o la encuenras perfectamente en una bolsita de té.

    Además, a todos nos gusta que nos reconozcan. Nos gusta que alguien diga “te está yendo increíble”. Nos gusta que nuestros padres estén orgullosos. Nos gusta conseguir cosas y enseñarlas. Somos humanos, no monjes flotando sobre una montaña.

    Lo que me preocupa es la posibilidad de pasar tantos años intentando demostrar que nuestra vida vale la pena que terminemos construyendo una vida pensada para ser observada.

    Y las redes sociales no inventaron nada de esto!  Nuestras familias ya comparaban hijos mucho antes de Instagram. Los vecinos siempre supieron quién compró carro. La diferencia es que ahora podemos revisar la tabla de posiciones antes de terminar el café.

    Alguien está en fuera del país. Otro compró apartamento. Una conocida abrió un negocio. Alguien tiene el cuerpo que queremos. Otro celebra su cumpleaños.

    Cerramos el teléfono.

    Nuestra vida es exactamente la misma que diez minutos antes.

    Y, sin embargo, por alguna razón puede sentirse un poquito más pequeña.

    Quizá por eso sigo pensando en aquella habitación.

    Sin carro. Sin casa. Sin marcas. Sin profesión. Sin seguidores. Sin nadie mirando.

    Solo una persona consigo misma, ante la más deslumbrante luz que no le deja nada oculto.

    Y sospecho que la pregunta más incómoda no es si los demás seguirían considerándonos exitosos.

    Es otra:

    si nadie pudiera verlo, ¿seguiríamos queriendo la vida que estamos intentando conseguir?

    Porque tal vez el verdadero fracaso no sea quedarse fuera de ese supuesto grupo de personas exitosas.

    Tal vez sea invertir 50 años de la vida para conseguir finalmente la entrada… y descubrir que nunca quisimos estar ahí.

    Brújula Mujer.