Vida práctica

  • Nos enseñaron a ganarnos la vida, pero nadie nos explicó qué hacer con ella

    Nos enseñaron a ganarnos la vida, pero nadie nos explicó qué hacer con ella

    Hay una edad en la que una empieza a sospechar que los adultos tampoco sabían muy bien lo que estaban haciendo.

    De niña yo pensaba que llegar a grande debía sentirse diferente. Imaginaba que en algún momento aparecía una especie de manual invisible: uno aprendía a manejar el dinero, elegía correctamente a quién amar, sabía cuándo irse, qué decir, qué comprar, cómo criar a los hijos y hasta qué hacer cuando la vida se ponía patas arriba.

    Pues no.

    Un día eres adulto y estás buscando en Google si puedes congelar algo que lleva cuatro días en la nevera, mientras ignoras un mensaje que no sabes cómo responder y haces cuentas para decidir si este mes eres responsable o te compras eso que llevas semanas mirando.

    Y resulta que esto era ser grande .

    Nos prepararon bastante para ganarnos la vida.

    Lo que casi nadie nos explicó fue qué hacer con ella.

    Hay decisiones importantes que tomamos sin tener idea.

    Elegimos pareja cuando todavía estamos descubriendo quiénes somos.

    Tenemos hijos —o decidimos no tenerlos— mientras escuchamos opiniones de todo el mundo.

    Firmamos créditos que entendemos a los medios.

    Aceptamos trabajos porque necesitamos pagar cuentas y después nos preguntamos en qué momento dejamos de hacer aquello que nos gustaba.

    Cuidamos padres.

    Terminamos relaciones.

    Nos mudamos.

    Nos endeudamos.

    Volvamos a empezar.

    Y muchas de esas decisiones las tomamos con una seguridad exterior impresionante mientras por dentro pensamos:

    “Espero no estar haciendo una estupidez.”

    Eso también es vida adulta.

    La mayoría de las personas que ves caminando muy seguras por la calle están resolviendo alguna cosa sobre la marcha.

    Y no, esto no es solamente cosa de mujeres.

    A nosotras nos enseñaron muchas veces a cuidar.

    A estar pendientes.

    A recordar cumpleaños, medicamentos, reuniones, uniformes, compras, llamadas y estados de ánimo.

    A detectar que alguien está raro antes de que esa persona admita que es raro.

    Pero a muchos hombres les entregaron otro paquete igual de pesado.

    Resolver. Aguanta. Producir. No te quejes.

    Hay hombres que aprendieron a demostrar amor pagando cosas porque nadie les enseñó a decir “tengo miedo de perderte” .

    Hombres que no saben cómo explicar que están agotados porque toda su vida escuchandoon que cansarse era parte de cumplir.

    Y mujeres que llevan años diciendo “yo puedo sola” cuando, en realidad, lo que quisieran decir alguna vez es:

    “¿Puedes encargarte tú? Hoy no puedo más.”

    Nos educaron diferente.

    Pero acabamos encontrándonos muchas veces en el mismo lugar: intentando que nadie note que no tenemos todo bajo control.

    La casa tampoco se parece a los comerciales.

    Hay días en que cocinas.

    Hay días en que abre la nevera siete veces esperando que en la octava aparezca una cena.

    Hay ropa que pasa tres días en una silla porque técnicamente no está limpia, pero tampoco lo suficientemente sucia para lavarla.

    Hay parejas que discuten por dinero cuando en realidad están discutiendo por miedo.

    Hay madres que quieren muchísimo a sus hijos y, al mismo tiempo, quisieran encerrarse veinte minutos en el baño para que nadie les diga “mamá”.

    Hay padres que llegan a casa cansados ​​y se quedan cinco minutos dentro del carro antes de entrar.

    Hay personas que viven solas y comen cereal a las diez de la noche directamente del recipiente porque no hay absolutamente nadie a quien impresionar.

    Esa vida también merece ser contada.

    Porque entre la versión perfecta de las redes sociales y las grandes tragedias existe un territorio enorme donde ocurre casi toda nuestra existencia.

    Y de ese territorio hablamos muy poco.

    El dinero es emocional aunque hagamos como que no

    Podemos hablar de presupuestos, intereses, ahorro y tarjetas.

    Y lo haremos.

    Pero primero habría que admitir algo: el dinero pocas veces es solamente dinero.

    A veces es tranquilidad.

    A veces es independencia.

    A veces es poder decir que no.

    A veces es una discusión matrimonial.

    A veces son veinte dólares que alguien guarda sin contarle a nadie porque le hace sentir que tiene una pequeña salida de emergencia.

    A veces gastamos porque estamos tristes.

    O ahorramos porque alguna vez tuvimos miedo de no tener.

    O trabajamos demasiado porque crecimos viendo faltar cosas.

    Por eso aprender de dinero no consiste solamente en aprender números.

    También implica entender qué significan esos números para nosotros.

    Amar tampoco arregla automáticamente una relación

    Puedes amar a alguien y comunicarte fatal.

    Puedes querer muchísimo a tus padres y necesitar ponerles límites.

    Puedes tener una buena pareja y atravesar una temporada horrible.

    Puedes extrañar a alguien con quien sabes perfectamente que no deberías volver.

    Puedes querer a una persona y aun así no querer la vida que tendrías a su lado.

    Eso es incómodo porque preferimos historias fáciles:

    Si amas, te quedas.

    Si te vas, ya no amas.

    Si perdonas, olvidas.

    Si eres familia, aguantas.

    La vida real tiene muchos más matices.

    Y probablemente madurar consista, en parte, en aprender a vivir con ellos.

    También tenemos una relación bastante extraña con nuestro cuerpo

    Pasamos años mirándolo por partes.

    La barriga.

    Las arrugas.

    El cabello.

    Las piernas.

    Las ojeras.

    La piel.

    Como si nuestro cuerpo fuera un apartamento que nos entregaron con acabados defectuosos y lleváramos toda la vida haciendo remodelaciones.

    Y sí: podemos querer vernos mejor.

    Podemos disfrutar una crema, maquillarnos, entrenar, hacernos un tratamiento, cambiar el cabello o ponernos aquello que nos hace sentir espectaculares.

    Pero sería bueno recordar de vez en cuando que ese mismo cuerpo también nos ha llevado a trabajar enfermos, bailar hasta que duelen los pies, abrazar personas, sobrevivir pérdidas, tener sexo, cargar hijos, correr detrás de un autobús y levantarnos de la cama en días en que ni siquiera teníamos ganas.

    No es poca cosa.

    Quizá lo que necesitamos no sea otro manual

    Internet está lleno de gente explicándonos cómo deberíamos vivir.

    Levántate a las cinco.

    Medita.

    Haz ejercicio.

    Toma agua.

    Invierte.

    Viaja.

    Ten hijos.

    No tengas hijos.

    Cásate.

    Divórciate.

    Emprende.

    Renuncia.

    Manifiesta.

    Sana.

    Perdona.

    Suelta.

    Y, por supuesto, haz todo eso mientras duermes ocho horas y tienes la cocina impecable.

    Qué agotamiento.

    Tal vez necesitamos menos personas diciéndonos exactamente cómo vivir y más lugares donde podamos entender mejor lo que nos está pasando.

    Un lugar donde hablar de una tarjeta de crédito sin sentir que estamos en una clase de economía.

    De una separación sin convertir automáticamente al otro en un monstruo.

    De belleza sin hacernos sentir defectuosos.

    De salud mental sin utilizar veinte palabras que necesitamos buscar después.

    De hombres sin reducirlos a “todos son iguales”.

    De mujeres sin tratarnos como criaturas frágiles que necesitan una frase motivacional cada mañana.

    De familia sin fingir que todas las familias son maravillosas.

    De dinero, sexo, trabajo, cansancio, hijos, edad, casa, relaciones, errores y esas pequeñas cosas absurdas que también forman una vida.

    Eso es lo que quiero que sea Brújula Mujer .

    No un lugar que te diga hacia dónde tienes que ir.

    Un lugar donde encuentres información suficiente para decidirlo tú.

    Y si eres hombre y llegaste hasta aquí pensando que este sitio no tenía mucho que decirte…

    quédate.

    Probablemente vas a descubrir algunas cosas sobre las mujeres que forman parte de tu vida.

    Y quizás, entre una historia y otra, también encuentres unas cuantas sobre ti.

    Bienvenido también.

    Porque al final nadie tiene un mapa perfecto.

    Pero siempre ayuda tener una brújula. 💜