Están sentados en el mismo sofá.
La televisión está encendida. Uno tiene el celular en la mano. El otro también.
De vez en cuando alguno rompe el silencio.
—Mira esto.
El otro levanta la vista, mira el video durante unos segundos, sonríe y vuelve a su pantalla.
No están peleados.
No necesariamente tienen problemas.
Incluso, si alguien les preguntara qué hicieron esa noche, probablemente responderían:
“Estuvimos juntos.”
Y técnicamente es verdad.
Durmieron bajo el mismo techo. Compartieron sofá. Quizá cenaron juntos. Uno sabía perfectamente dónde estaba el otro.
Al día siguiente salen a trabajar, hacer compras, visitar a alguien o simplemente cada uno sigue con su vida.
Uno manda un mensaje.
Pasan siete minutos.
—¿Por qué no me contestaste?
Diez minutos.
—¿Estás ocupado?
Quince.
—¿Todo bien?
Y ahí aparece una de las contradicciones más extrañas de las relaciones actuales:
podemos tolerar horas de ausencia emocional cuando tenemos a la persona al lado, pero unos minutos de ausencia digital cuando está lejos pueden sentirse insoportables.
Cuando tenerte cerca empieza a parecer suficiente
Tal vez nos acostumbramos demasiado rápido a la presencia.
Cuando alguien está sentado a nuestro lado no necesitamos comprobar que sigue ahí.
Lo vemos.
Escuchamos cómo se mueve.
Sabemos que en algún momento preguntará qué vamos a comer.
Está disponible.
Entonces miramos el teléfono.
Respondemos mensajes.
Revisamos una notificación.
Después otra.
Vemos un video.
El video nos lleva a otro.
La televisión sigue hablando al fondo y, sin darnos cuenta, pasan cuarenta minutos.
No ocurrió nada malo.
Ese es precisamente el problema.
La desconexión cotidiana rara vez hace ruido.
No hay una gran pelea.
Nadie hace una maleta.
Nadie anuncia:
“Desde hoy voy a prestarte menos atención.”
Simplemente empezamos a entregar pequeños pedazos de nuestra presencia a otras cosas.
Cinco minutos aquí.
Veinte allá.
Una cena.
Una noche.
Después muchas.
Pero cuando te vas, quiero saber dónde estás
La misma persona cuya presencia dábamos por sentada hace una hora sale por la puerta y algo cambia.
Ahora ya no podemos verla.
Y entonces la pantalla se convierte en nuestra manera de comprobar que sigue ahí.
—Avísame cuando llegues.
—¿Dónde estás?
—¿Ya saliste?
—Te escribí.
—¿Por qué no contestas?
Y existe una versión todavía más moderna:
“Estabas en línea.”
O aquella que probablemente ya provocó miles de discusiones:
“¿Cómo sí pudiste subir una historia y no contestarme?”
De pronto unos minutos importan muchísimo.
Queremos respuesta.
Queremos atención.
Queremos presencia.
Solo que ahora la buscamos dentro del mismo aparato que, unas horas antes, competía por ella cuando teníamos a la persona enfrente.
Disponible no significa presente
Quizá confundimos estas dos cosas más de lo que pensamos.
Una persona puede contestar todos tus mensajes inmediatamente y llevar semanas sin preguntarte de verdad cómo estás.
Puede enviarte veinte videos durante el día y no darse cuenta de que llevas tres noches particularmente callada.
Puede escribirte:
“¿Ya comiste?”
“¿Llegaste?”
“¿Qué haces?”
y aun así no saber qué es lo que últimamente te tiene preocupada.
También puede ocurrir al revés.
Alguien puede tardar una hora en responder porque está trabajando, manejando, conversando con otra persona o simplemente viviendo algo que no ocurre dentro de un teléfono…
y amarte profundamente.
La velocidad de una respuesta empezó a convertirse, extrañamente, en una medida de interés.
Visto así, resulta curioso.
Podemos pasar una noche entera mirando cosas diferentes sin preocuparnos demasiado.
Pero dejamos un mensaje en “visto” y algo se mueve por dentro.
No todas las pantallas caben en un bolsillo
Sería demasiado fácil culpar solamente al celular.
También está la televisión.
La serie que ponemos “para ver juntos” y termina siendo lo único que miramos durante dos horas.
El videojuego.
La computadora del trabajo.
La tablet.
Los audífonos.
Y hasta ese hábito aparentemente inocente de necesitar siempre algo reproduciéndose mientras estamos con otra persona.
A veces pareciera que el silencio entre dos personas se volvió tan incómodo que necesitamos llenarlo inmediatamente con contenido.
Antes una pareja podía quedarse conversando porque no había demasiadas alternativas.
Ahora compite contra prácticamente todo el entretenimiento producido por la humanidad.
Y todo cabe en una pantalla.
Hay alguien del otro lado que sabe exactamente cómo mantener nuestra atención
Desliza.
Otro video.
Desliza.
Otro.
Uno gracioso.
Uno indignante.
Uno que nos enseña algo.
Uno que olvidaremos dentro de treinta segundos.
Las plataformas aprendieron a ofrecernos constantemente algo nuevo.
La persona que vive con nosotros no puede competir con eso.
Porque una relación tiene silencios.
Tiene historias que ya escuchamos.
Tiene días aburridos.
Tiene problemas que no se solucionan en quince segundos.
Tiene conversaciones que requieren paciencia.
Tiene momentos en los que la otra persona no está siendo especialmente divertida, interesante ni novedosa.
El amor real tiene repetición. Internet está diseñado para ofrecernos novedad.
Es una competencia bastante desigual.
Y quizá no estamos escapando de nuestra pareja
Esta parte también merece decirse.
No toda persona que mira constantemente una pantalla está intentando ignorar a quien tiene al lado.
A veces está agotada.
A veces necesita apagar la cabeza.
A veces lleva todo el día resolviendo problemas y lo único que quiere es mirar estupideces durante media hora.
A veces trabaja desde el teléfono.
A veces está hablando con alguien que necesita atención.
A veces simplemente tomó el aparato por costumbre.
Sin pensarlo.
Como quien abre el refrigerador aunque sabe perfectamente qué hay adentro.
Y sí, otras veces quizá estamos evitando algo.
Una conversación.
Una incomodidad.
El aburrimiento.
La intimidad.
O esa sensación difícil de admitir de que ya no sabemos muy bien qué decirnos cuando apagamos todo.
No siempre sabemos cuál de esas cosas está ocurriendo.
Quizá por eso resulta tan fácil discutir sobre el teléfono y tan difícil hablar de lo que representa.
“Pero si estoy aquí contigo”
Es una frase que parece perfectamente lógica.
Y quizá para quien la dice lo sea.
Está en casa.
No salió con nadie.
No desapareció.
No está ignorando deliberadamente a su pareja.
Está literalmente sentado a medio metro.
¿Cómo puede alguien sentirse ignorado si estamos juntos?
Porque compartir espacio y compartir atención no son exactamente lo mismo.
Puedes dormir al lado de alguien y extrañarlo.
Puedes cenar con alguien y sentir que comiste solo.
Puedes hablar y notar perfectamente el instante en que la otra persona dejó de escucharte.
Hay una soledad particularmente extraña en eso.
Tener a quién hablarle y sentir que no hay nadie escuchando.
Y después de suficientes:
—¿Qué dijiste?
—Nada, déjalo.
puede ocurrir algo más silencioso.
Uno deja de repetir.
Después deja de contar ciertas cosas.
No como castigo.
Simplemente porque cansa competir por atención.
Pero quien reclama también puede estar mirando otra pantalla
Aquí la historia se vuelve incómoda para todos.
Porque es muy fácil reconocer las veces que alguien no nos presta atención.
Mucho más difícil recordar las veces que nosotros hicimos exactamente lo mismo.
Queremos que deje el teléfono mientras hablamos, pero contestamos una notificación mientras nos cuenta algo.
Nos molesta que mire televisión durante la cena, pero revisamos Instagram mientras esperamos la comida.
Nos duele que tarde en responder cuando sale, aunque quizá la noche anterior estuvimos juntos durante tres horas y apenas conversamos.
Podemos ser al mismo tiempo la persona que se siente ignorada y la persona que ignora.
Incluso dentro de la misma relación.
Incluso el mismo día.
¿En qué momento empezamos a exigir presencia digital?
Hay algo que merece pensarse.
Hace no tantos años una persona podía salir de casa y simplemente estar fuera.
No había ubicación en tiempo real.
No había doble check.
No había “última conexión”.
No podíamos saber si alguien había leído algo hacía cuatro minutos.
Hoy podemos conocer muchísimo sobre la disponibilidad digital de una persona.
Y esa información puede tranquilizarnos.
Pero también puede crear expectativas que antes ni siquiera existían.
Si sé que llevas el teléfono contigo, ¿por qué no respondes?
Si sé que viste el mensaje, ¿por qué no dijiste nada?
Si estabas conectado, ¿con quién estabas hablando?
La tecnología nos permitió estar disponibles casi permanentemente.
Y quizá, sin darnos cuenta, empezamos a convertir esa posibilidad en una obligación.
Poder responder inmediatamente no significa necesariamente tener que hacerlo.
Pero tampoco resulta extraño que alguien se pregunte por qué recibe nuestra atención instantánea cuando estamos lejos y tiene que competir por ella cuando estamos cerca.
Las dos cosas pueden ser ciertas.
Quizá no se trata de contar horas de pantalla
Podríamos mirar el teléfono y descubrir que lo usamos cuatro, seis u ocho horas al día.
El número puede sorprendernos.
Pero quizá ni siquiera sea la pregunta más interesante.
Porque una persona podría utilizarlo muchas horas por trabajo y estar completamente presente cuando está con su pareja.
Otra podría usarlo mucho menos y sacarlo precisamente durante los pocos momentos que comparte con ella.
Tal vez importe menos cuánto miramos una pantalla y más qué estaba ocurriendo alrededor mientras la mirábamos.
¿Alguien estaba intentando contarnos algo?
¿Era la única cena juntos de la semana?
¿Llevábamos todo el día esperando ese momento?
¿Tomamos el celular porque llegó algo importante?
¿O simplemente porque hubo cinco segundos de silencio?
Tal vez las pantallas no estén destruyendo nuestras relaciones
Sería una conclusión demasiado cómoda.
Las pantallas también unen.
Una videollamada puede mantener cerca a personas separadas por miles de kilómetros.
Un mensaje puede acompañarnos en un día horrible.
Una pareja puede reírse durante media hora enviándose videos absurdos.
Podemos trabajar, aprender, enamorarnos y hasta conocer a la persona con la que terminamos compartiendo nuestra vida gracias a una pantalla.
Quizá el problema nunca fue el aparato.
Quizá el problema empieza cuando dejamos de decidir conscientemente a quién le entregamos nuestra atención.
Porque la atención también es una forma de intimidad.
Y es limitada.
No podemos mirar todo al mismo tiempo.
No podemos escuchar realmente dos conversaciones a la vez.
Cada vez que atendemos algo, aunque sea durante unos segundos, estamos dejando otra cosa esperando.
La mayoría de las veces eso no importa.
Pero algunas veces, del otro lado de esa espera, hay alguien que queremos.

Esta noche quizá vuelvan a coincidir en el sofá.
La televisión estará encendida.
Llegará una notificación.
Después otra.
Alguien contestará un mensaje.
Alguien enseñará un video.
Y probablemente no ocurra nada grave.
Mañana se escribirán.
—¿Dónde estás?
—¿Por qué no contestas?
—¿Ya llegaste?
—Avísame.
Porque queremos saber que el otro está ahí cuando no podemos verlo.
Lo extraño es que, cuando finalmente lo tenemos enfrente, a veces dejamos de comprobarlo.
Quizá las pantallas no nos estén separando.
Quizá solamente estén mostrando qué hacemos con nuestra atención cuando creemos que la presencia del otro está garantizada.
Y entonces queda una pregunta bastante incómoda:
¿Cuándo fue la última vez que tu pareja tuvo tu atención completa sin tener que pedírtela?
Y una todavía peor:
¿Cuándo fue la última vez que tú tuviste la suya?

