A ver, entre amigas.
¿Nunca te ha pasado que terminas de arreglarte, te miras al espejo y dices?
“Uy, hoy me veo bonita.”
Entonces cometes el error.
Sacas el celular.
Cámara frontal.
Y de repente aparecen los poros, una línea que no habías visto, una ceja decidió independizarse de la otra, la nariz se ve rara y esa pequeña cicatriz que en el espejo ni recordabas parece que hoy quiere ser el protagonista.
Cinco segundos después ya estamos buscando el ángulo.
Luego la luz.
Después el filtro.
Y si ninguna de las anteriores funciona, empieza el verdadero peligro:
“Necesito comprar algo.”
Porque además tenemos perfectamente fresca en la memoria a aquella mujer que vimos ayer en Instagram.
Con su piel luminosa, cero poros, cero manchas, cero cansancio.
Nos enseñó un frasquito y dijo:
“Chicas, llevo tres semanas usándolo y miren mi piel.”
Y una piensa:
Lo necesito pero ya!
Solo que hay un pequeño detalle.
No tenemos su piel.
Ni su genética. Ni su edad necesariamente. Ni sabemos qué tratamientos se hace. Ni qué iluminación estaba usando. Ni qué cámara. Ni qué maquillaje llevaba. Ni si había edición. Ni cuánto duerme, qué come o cuánto dinero y tiempo puede dedicar a cuidarse.
Y, pequeño y crudo detalle adicional:
le estaban pagando para enseñarnos el frasco.
Eso no significa que el producto sea malo.
Puede ser buenísimo.
Lo absurdo es esperar que el mismo frasco nos entregue la misma cara.
Nos vendieron una cara de referencia bastante tramposa
Creo que aquí nos metimos en un lío sin darnos demasiada cuenta.
Antes veíamos mujeres perfectas en revistas y sabíamos, más o menos, que aquello era una producción.
Ahora las vemos desayunando.
En el baño.
“Recién levantadas”.
Haciendo su rutina nocturna.
Supuestamente sin maquillaje.
Y eso hace que parezca mucho más real.
Pero detrás de una imagen pueden seguir existiendo una buena cámara, iluminación, selección entre varias tomas, retoque, procedimientos estéticos y filtros tan discretos que ya ni parecen filtros.
Mientras tanto, nosotras hacemos la comparación con la cámara frontal a treinta centímetros de la nariz y la lámpara del techo.
Obviamente perdimos 10 a 0.
Pero perdimos una competencia bastante amañada.
Haz una prueba con tu propia cara
Aquí viene el único experimento que quiero proponerte:
Un día que te mires al espejo y te guste cómo te ves, toma una foto normal con la cámara frontal.
Después haz otra con mejor luz, una distancia más favorecedora y sin filtro.
Y míralas junto al espejo.
Vas a descubrir algo curioso: tu cara no cambió. Las imágenes sí.
La distancia y la perspectiva pueden modificar cómo aparecen las proporciones del rostro en una selfie. La iluminación puede hacer mucho más visibles sombras, textura y líneas. Y además está el detalle de que estamos acostumbradas a ver nuestra cara invertida en el espejo.
Nada de eso significa que la cámara “mienta”.
Significa que una fotografía no es tu cara: es una representación de tu cara bajo determinadas condiciones.
Y ahí es donde quiero cambiar el juego.
¿Y si usamos la cámara para dejar de escondernos?
No te voy a decir que tires los filtros.
Yo tampoco quiero que Brújula Mujer se convierta en una crítica de los filtros…
Úsalos si te gustan.
Maquíllate.
Hazte tratamientos.
Píntate el cabello.
Ponte pestañas.
Quítatelas.
Haz con tu cara lo que quieras.
Pero podríamos empezar a guardar también fotografías donde sí aparezca nuestra piel.
Con poros.
Porque tenemos poros.
Con las pequeñas líneas alrededor de los ojos.
Con una cicatriz.
Con una manchita.
Con esa asimetría que solamente nosotras parecemos inspeccionar como detectives.
No necesariamente para publicarlas todas.
Simplemente para volver a acostumbrarnos a ver una cara completa y no una versión permanentemente corregida de ella .
Porque ocurre algo bastante extraño cuando usamos siempre filtros que afinan, alisan, iluminan y simetrizan.
Después quitamos el filtro… y nuestra propia cara parece necesitar arreglo; y ahí sí tenemos un problema!
No porque esté mal querer cambiar algo.
Sino porque quizás estamos tomando decisiones sobre nuestra belleza comparándonos con una versión de nosotras mismas que tampoco existe .
Y la próxima crema…
Cómprala si te gusta.
Pero antes de comprar el sérum que supuestamente le dejó la piel espectacular a una mujer de internet, pregúntate algo:
¿Quiero lo que hace ese producto o quiero parecerme a la mujer que me lo está vendiendo?
Porque son dos compras completamente diferentes.
Una puede ser una buena decisión, y la otra probablemente venga con una decepción gratis.
Yo quiero seguir usando maquillaje. Quiero probar cosas nuevas. Quiero encontrar productos que funcionen. Quiero salir bonita en las fotos y, si una foto me agarró como si llevara 4 días sin dormir, probablemente tampoco la voy a publicar.
Pero también quiero poder abrir mi cámara y reconocer la piel que llevo puesta.
Poros incluidos.
Líneas incluidas.
Cicatrices incluidas.
Porque quizás la belleza moderna no necesita otra guerra contra los filtros, las cremas o los procedimientos.
Quizás necesita algo muchísimo más sencillo: que dejemos de exigirle a nuestra cara real que compita todos los días contra caras que llegaron a la competencia con producción, iluminación, edición, genética, tratamientos y patrocinador oficial.
Así cualquiera pierde…
Hasta ellas.
Brújula Mujer

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