Juntos pero ausentes, separados pero conectados: la contradicción de amar entre pantallas.

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Están sentados en el mismo sofá. La televisión está encendida y los dos tienen el celular en la mano.

No están peleados. No hay crisis. Si alguien les preguntara qué hicieron esa noche, probablemente responderían: “Estuvimos juntos.”

Y sí. Estuvieron juntos.

Solo que uno vio videos mientras el otro contestaba mensajes. De vez en cuando se enseñaron algo, se rieron y volvieron cada uno a su pantalla.

Al día siguiente uno sale de casa. El otro escribe.

—¿Ya llegaste?

Pasan diez minutos.

—¿Todo bien?

Otros cinco.

—¿Por qué no contestas?

Es curioso: podemos soportar horas de ausencia cuando tenemos a alguien sentado al lado, pero quince minutos de silencio digital cuando está lejos empiezan a parecernos demasiado.

Estar ahí no siempre es estar presente

La desconexión en una pareja casi nunca llega haciendo escándalo. No empieza necesariamente con una pelea ni con alguien haciendo una maleta.

A veces empieza con cosas mucho más pequeñas: mirar una notificación mientras el otro habla, cenar viendo cosas distintas, decir “¿qué dijiste?” demasiadas veces.

Hasta que un día llega el:

—Nada, déjalo.

Y esa frase puede parecer insignificante, pero no siempre lo es. A veces significa: ya me cansé de repetir lo que intento contarte.

Porque compartir una casa, una cama o un sofá no garantiza que estemos compartiendo atención. Puedes tener a alguien a medio metro y sentir que llevas toda la noche solo.

Tampoco hagamos del teléfono el villano

El celular no destruye relaciones por sí solo. También nos permite acompañarnos, trabajar, hacer videollamadas, mandar un mensaje cuando alguien está pasando un día horrible o reírnos juntos de una estupidez.

Y tampoco toda persona que mira su teléfono está evitando a su pareja. A veces está cansada. A veces trabaja. A veces necesita desconectarse un rato. A veces es su único escape social.

El problema quizá empieza cuando dejamos de notar a quién estamos dejando esperando mientras prestamos atención a otra cosa.

Y aquí viene la parte incómoda: casi todos podemos recordar las veces que nuestra pareja nos ignoró por mirar una pantalla.

Recordar las veces que nosotros hicimos exactamente lo mismo cuesta un poquito más.

Queremos respuestas inmediatas cuando el otro está lejos y atención completa cuando está cerca.

Queremos saber que llegó, dónde está, por qué no contestó.

Pero cuando finalmente lo tenemos enfrente, a veces actuamos como si su presencia estuviera garantizada.

Quizá las pantallas no estén separándonos.

Quizá simplemente estén dejando al descubierto qué hacemos con nuestra atención cuando creemos que la otra persona siempre va a estar ahí.

¿Cuándo fue la última vez que estuvieron juntos, de verdad, sin que ninguno tuviera que competir con una pantalla?

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