No sé en qué momento alguien decidió cómo debía verse una vida exitosa. Tampoco recuerdo que nos hayan preguntado, pero aparentemente el comunicado nos llegó a todas partes.
Hay que tener un buen trabajo —y obviamente ganar bien—, vivir bonito, viajar, cuidar el cuerpo, tener una relación estable y mostrar alguna evidencia de que uno “va progresando en la vida”.
Y hay edades. Eso es importantísimo.
A los veintitantos todavía estás empezando. A los treinta ya deberías mostrar resultados. A los cuarenta, si faltan demasiadas casillas, algunas personas empiezan a mirarte con esa preocupación que nadie les pidió, nadie.
—¿Y tú qué estás haciendo ahora?
Pregunta sencilla. Hasta que parece que tienes que presentar el informe anual de lo que has hecho con tu vida.
Lo curioso es que casi todos juramos no creer en esas reglas. “Cada quien lleva su proceso”, decimos muy evolucionados. Y cinco minutos después nos enteramos de que alguien tiene 40 años, sigue soltero o vive con su mamá y soltamos:
—¿Todavía?
Somos víctimas y empleados del mismo departamento de los auditores de vidas con doctorado.
No hay competencia. Solo llevamos el marcador
Nos molesta que nos comparen, pero sabemos quién compró casa, quién cambió de carro, quién hizo dinero, quién se casó, quién se divorció y quién, después de todo lo que estudió, “terminó trabajando en eso”.
Y no, esto no es un discurso contra el dinero.
El dinero paga cosas bastante poco espirituales como la renta, la comida y las facturas. Tener una casa propia y amoblada de lujo debe ser delicioso. Viajar también. Si quieres ganar muchísimo dinero, adelante.
La pobreza no hace profunda y real a una persona, de la misma manera que el dinero no la hace falsa y superficial.
La pregunta es otra:
¿Cuándo dejamos de querer conseguir cosas por lo que nos ofrecen y empezamos a necesitarlas por lo que dicen de nosotros?
Hagamos un experimento incómodo
Piensa en una persona que consideras exitosa.
Ahora quítale por un momento el carro, la casa, la ropa, las cirugias, el teléfono, el cargo, los títulos, el dinero, los viajes y los contactos.
Déjala en una habitación vacía.
Y pregunta:
¿Quién es?
Es facilísimo hacer este ejercicio con alguien que nos cae mal.
La parte divertida termina cuando entendemos que esa persona también somos nosotros.
Porque ni siquiera necesitas tener un carrazo para construir tu identidad alrededor de algo externo. Puedes ser la profesional, el inteligente, la bonita, la mamá ejemplar, el empresario, la que siempre puede sola, el que salió adelante o la fuerte de la familia.
Hasta nuestras heridas pueden convertirse en una tarjeta de presentación.
Entonces entras tú también a esa habitación.
Sin profesión. Sin dinero. Sin pareja. Sin apellido. Sin títulos. Sin aquello que superaste. Sin nadie que sepa lo que has conseguido.
¿Sabes quién eres?
Una vida construida para ser observada
No voy a decirte que “lo verdaderamente importante está en el interior”. Hasta las bolsitas de té traen esa frase.
Nos gusta que nos reconozcan. Que alguien diga “te está yendo increíble”. Que nuestros padres estén orgullosos, o conseguir algo y enseñarlo.
Somos humanos, y eso hemos aprendido de la sociedad en la que vivimos.
Lo preocupante sería pasar tantos años intentando demostrar que nuestra vida vale la pena que terminemos construyendo una vida pensada para ser observada.
Las redes sociales no inventaron la comparación. Nuestras familias comparaban hijos mucho antes de Instagram. Los vecinos siempre supieron quién compró carro.
La diferencia es que ahora podemos revisar la tabla de posiciones antes de terminar el día.
Alguien está viajando. Otro compró apartamento. Una conocida abrió un negocio. Alguien tiene el cuerpo que queremos.
Cerramos el teléfono.
Nuestra vida es exactamente la misma que diez minutos antes.
Y, sin embargo, puede sentirse un poquito más pequeña después de ese ligero ejercicio de scrollear pantalla.
Por eso quizá la pregunta importante no sea si los demás consideran que estamos teniendo éxito.
Es esta:
Si nadie pudiera verlo, ¿seguiríamos queriendo la vida que estamos intentando conseguir?
Porque tal vez el fracaso no sea quedarse fuera de ese supuesto grupo de personas exitosas.
Tal vez sea invertir cincuenta años intentando entrar… y descubrir que nunca quisimos estar ahí.

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